Charla dada en Bogotá, durante el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil en la V Feria del Libro Infantil.
Pero... ¿es tan importante la ilustración?
Puede resultar curiosa la pregunta del título si quien la formula es precisamente un ilustrador, sin embargo, trataremos de mostrar que no lo es tanto.
Se me pidió que esta charla versara sobre mi personalísima visión del oficio de ilustrador, en particular del oficio de ilustrador de literatura infantil y juvenil. Y esto no puede conducir a otra cosa que a una reflexión sobre esta actividad. Preguntarse entonces por la importancia, si es que la tiene, de lo que uno hace es un punto de partida tan bueno como cualquier otro para encaminar esa reflexión.
Mi primera infancia tuvo lugar en un tiempo sin televisión. El primer aparato que hubo en mi casa llegó cuando yo tenía 12 años. Para entonces ya había leído mucha literatura y no necesariamente infantil, que en aquella época no abundaba. También había superado ya la barrera de los 9 o 10 años que generalmente corta el maravilloso idilio de todos los chicos con el dibujo. Y la había superado, digo, porque llegué a los doce sin dejar de dibujar.
No es fácil saber porqué ocurren estas cosas, es muy probable que, como tantas otras, simplemente ocurran. Pero en mi caso quiero creer que hubo dos motivos puntuales que me permitieron seguir adelante con el dibujo.
Me refiero a dos dibujantes... y convendría anotar que hablo de dibujantes en vez de decir ilustradores. Uno, el primero que registro, me hizo temblar de miedo y emoción con sus dibujos, le dio un ambiente irremplazable a una de las novelas más bellas que he leído, me hizo entender (en aquel momento sin ser conciente de ello) que el dibujo era una herramienta poderosísima. Me refiero a "La isla del tesoro" de Stevenson y a las ilustraciones de Lyle Justis que iluminaban aquella maravillosa edición de la colección Robin Hood. Cuando este formidable encuentro tuvo lugar por primera vez yo tenía nueve años y era verano... Largas e inolvidables tardes en el patio de mi casa, sentado en el piso fresco de mosaico, acompañado por una tacita con dulce de leche... Jamás serie de televisión alguna me procuró semejante período de dicha.
El otro dibujante llegó a mi vida casi al tiempo, a lo sumo un año después. Y fue con quien aprendí a dibujar, copiando hasta el hartazgo cada modo mínimo de sus trazos. Era Hugo Pratt, el historietista. Campeón de la síntesis, de trazo fuerte y despojado. Por alguna razón lo de Pratt fue en invierno, en la cocina de mi casa, con la radio prendida y el brasero encendido bajo la mesa, donde me regocijaba con las maravillosas historias de la segunda guerra escritas por Oesterheld y dibujadas por Pratt en la revista Hora Cero.
Hoy, más de cincuenta años después de aquella etapa de mi vida, no tengo la menor duda de que debo a esos dos grandes del dibujo el hecho de que haya dedicado la mayor parte de mi vida a este oficio.
Después vinieron muchos más descubrimientos, tantos que, felizmente aún sigo teniéndolos, tanto en el dibujo como en la literatura. Pero aquellos dos inaugurales me siguen aportando los elementos fundamentales para esa reflexión que mencionaba al principio.
Vayamos ahora por partes, y empecemos por el principio: ¿qué es la ilustración infantil y juvenil?
En esta cultura en que vivimos, dominada prácticamente por la imagen en cualquiera de sus formas, no parece concebirse la posibilidad de que exista literatura infantil o juvenil sin ilustración. Aceptemos ligeramente esta idea para no alejarnos demasiado del propósito de esta charla (aclarando que no estoy del todo convencido de su consistencia), idea también harto conveniente para quienes, como yo, tratamos de vivir de este oficio.
Por otra parte tenemos el indiscutible hecho de que la literatura infantil se ha transformado en un motor no menor de la industria editorial con lo cual las todopoderosas e intangibles leyes del mercado le caben tanto como, digamos, a la producción de neveras... Entonces comenzamos a encontrar curiosos criterios de evaluación: los libros entran por los ojos (claro, todavía no sabemos como hacerlos entrar por las papilas gustativas, pero es cuestión de paciencia) de lo cual se deduce, por ejemplo, que el color es indispensable para... aumentar las ventas.
Tengo una deliciosa anécdota de cuando llegué a Colombia hace ya más de 20 años. Una importante editorial me había encargado la ilustración de una cartilla de lecto-escritura, algo así como el derecho de piso para cualquier ilustrador recién llegado. Se trataba de apenas unas 250 páginas de apasionantes ilustraciones de perritos, botones, hadas y preciosuras por el estilo. Entregué el trabajo en término y realizado con el mayor entusiasmo del que fui capaz. A los pocos días me llaman de la editorial para solicitarme unas pequeñas correcciones. Apenas daba crédito a lo que oía cuando me explicaron que sólo se trataba de contornear todas las ilustraciones (que había hecho en tintas de color) con línea negra de buen calibre. La joven editora que me atendía intentaba explicarme con bastante dificultad que esto se debía a ciertas cuestiones de claridad comprensiva. Recurrí entonces a un contacto personal que accidentalmente tenía en aquella editorial y que entre avergonzado y divertido me hizo leer un memo producido por los comerciales de la empresa en el que, textualmente, se tildaba a mis ilustraciones de europeizantes... término con resonancias casi subversivas. Decía también el memo, con un desparpajo admirable que "como es sabido, Colombia se halla en el área de influencia de la estética Disney, motivo por el cual, el tipo de ilustración aceptable debía estar dentro de los parámetros de esa estética" Es decir, contorneadas con línea negra gruesa...
Se trata de un caso extremo, cierto, pero poderosamente ejemplar. En no pocas grandes editoriales de nuestro medio los jefes de arte fueron reemplazados por comerciales. La consecuencia inmediata ha sido que la ilustración pasó a ser decoración. Y los ilustradores, naturalmente, decoradores de libros.
Por supuesto, no quiero generalizar pero convengamos que esta es una realidad muy extendida, demasiado extendida, y ciertamente no sólo en el área de influencia de la estética Disney...
Lyle Justis no hubiese tenido la más mínima oportunidad de colocar sus ilustraciones (de 1930) para La isla del tesoro en la inmensa mayoría de nuestras grandes editoriales. Entre otras cosas porque eran en una sola tinta, y para colmo de trazo fino...
Ilustrar es un verbo que deriva del latín, y en su primera acepción en español tiene el mismo significado que en esa lengua: dar luz al entendimiento. Y la ilustración a la que nos referimos tiene como característica definitoria la de ser una expresión gráfica vinculada siempre a un texto - explícito o implícito- a través de una función acerca de ese texto.
En esa función de la ilustración nos encontramos entonces con la definición del verbo ilustrar : la ilustración debe aclarar, explicar o comentar una idea, un concepto. La buena ilustración da una nueva luz al entendimiento de un texto, cualquiera sea el carácter de ese texto.
La ilustración entonces no existe sin un texto al que se remita, y en sentido estricto tampoco existe si no agrega, explica o comenta ese texto. Cuando esto último sucede, la ilustración pasa a ser adorno u ornamento las más de las veces prescindible.
Puede ser una opinión excesivamente personal (pero bueno, eso es lo que se me pidió) pero cuando tengo frente a mí un libro ilustrado, si las ilustraciones no me dicen nada, el libro deja de interesarme de inmediato. De manera absoluta, quiero decir. Lo hago a un lado. Del mismo modo, puedo enamorarme de un libro ilustrado antes de leer una sola línea con sólo ver las dos primeras ilustraciones. Lo cual nos arrima bastante a una respuesta a la pregunta que titula esta charla.
Y para terminar con esta parte dedicada a unas ideas generales sobre la ilustración, una opinión sobre la literatura infantil y juvenil, que algo tiene que ver con el tema.
En este terreno también hay cosas de las que lamentarnos. Muy a pesar de los esfuerzos de teóricos como Bruno Bettelheim y no pocos escritores, la literatura y la ilustración infantil se encaminaron inexorablemente por los territorios de lo aceptado como políticamente correcto para los niños. Se fue imponiendo lo light, lo cotidiano, lo educativo... por sobre casi todas las formas de ficción y fantasía en estado puro. Hasta las historias de terror pasaron a tener tono de comedia. Da la impresión de que se hubiera generalizado la idea de que los chicos solo deben leer ligerezas, aunque a poco de pensarlo podríamos decir que no solo los chicos. Incluso se ha cuestionado el valor de los maravillosos cuentos de hadas tradicionales trastocándolos en versiones edulcoradas y light. Tenemos que preservar a los niños de toda referencia a la violencia, a la maldad, al miedo, cosas que, como sabemos, no existen en el mundo.
Si la ilustración debe estar en función del texto, ya podemos hacernos una idea de qué clase de ilustración es la que adorna este tipo de literatura.
En nuestros países el status profesional del ilustrador es un tanto difuso. Son pocas las carreras terciarias que forman ilustradores, también son pocas y débiles las organizaciones gremiales que puedan agruparnos. Sin embargo, ilustradores hay, y muchos y buenos, incluso me atrevería a decir que bastante más de lo que requiere un mercado editorial de dimensiones reducidas si lo comparamos con el europeo o el norteamericano.
Por esta razón lo más frecuente es que el lustrador sea un autodidacta, alguien que se forma a sí mismo. Y esto no está mal, incluso en más de un sentido podría tratarse de algo ventajoso para un oficio que está en los límites cada vez más indefinidos de la plástica.
Pero aquí, a diferencia de la plástica, tenemos el fuerte (e imprescindible) condicionante de los textos. Y también, como negarlo, el fuerte condicionante de las opiniones editoriales, que como ya hemos visto, no pocas veces están determinadas por intereses comerciales.
¿Cómo funciona el ilustrador frente a todo esto? Como siempre, hay más de un camino... Pero voy a resumirlos en dos: el fácil y el difícil.
El fácil, desde mi punto de vista, implica encontrar una fórmula que funcione, cosa que muchos llaman erróneamente "estilo". Si me doy cuenta que mis duendecitos barrigones con grandes sombreros abombados y caritas bonachonas funcionan bien, pues adelante. Así tendremos cuentos de miedo con duendecitos barrigones con grandes sombreros abombados y caritas bonachonas. También tendremos historias románticas con duendecitos barrigones con grandes sombreros abombados y caritas bonachonas y, por qué no, historias de misterio con duendecitos barrigones con grandes sombreros abombados y caritas bonachonas.
Seguramente cada vez me saldrán más fácilmente y podré ir agregando pequeñas modificaciones que enriquezcan a mis duendecitos barrigones con grandes sombreros abombados y caritas bonachonas.
En fin, no sigo. Creo que la idea se capta con precisión.
El otro camino es el difícil. Se trata de empezar cada vez desde cero. Intentar cada vez hacer algo nuevo y distinto, con la lógica incertidumbre del resultado, casi como cuando empezamos. Es tomar cada nuevo texto como si nunca antes hubiéramos ilustrado. Sin duda y a pesar de los esfuerzos que hagamos, nuestra impronta va a estar siempre presente, bueno llamemos estilo a eso y no a nuestros encantadores duendecitos barrigones con grandes sombreros abombados y caritas bonachonas.
Finalmente, si elegimos ser ilustradores, como con cualquier otra profesión, elegimos un modo de vida, algo que nos acompañará por siempre y no me parece nada mal hacer de esto algo apasionante, lleno de retos y estímulos, algo que por momento nos divierta y por momentos nos angustie, como la vida finalmente.
Aquí, según mi punto de vista, aparece una cuestión de muchísima importancia en todo este asunto de la ilustración, el mundo editorial y el sistema en el que vivimos, la cuestión de los directores de arte.
Y sigo con mi personalísima visión de la cosa. En treinta años de dedicarme de modo exclusivo a la ilustración, una sola vez tuve ocasión de trabajar con un director (o jefe) de arte... Sólo una. Y esto fue hace más de veinticinco años. Y como se trataba de un excelente director de arte la experiencia fue formidable.
La cuestión de la dirección de arte no es el tema de esta charla, pero ya que estamos ¿es tan importante la dirección de arte? Pues yo creo que es fundamental, siempre y cuando quien la desempeñe sea una persona verdaderamente capacitada para la función que no consiste solamente en tener buen gusto. Con el único director de arte que traté, Carlos Gallardo, lamentablemente ya fallecido, nos sentábamos hasta por dos horas a discutir una doble página de la enciclopedia ilustrada en la que trabajábamos unos veinte ilustradores. Y para eso antes Carlos había trabajado no se cuantas horas con las dos editoras de la enciclopedia. Así que cuando nos sentábamos con él los ilustradores, además de cantidad de material de referencia, había una discusión previa bastante extensa acerca de que se pretendía con esa ilustración.
Un buen director de arte es alguien que puede sacar el mejor partido de un ilustrador, intuyendo sus posibilidades y forzándolo a conseguir cosas distintas cada vez.
Pero si no hay dirección de arte, es el propio ilustrador quien tiene que exigirse ante cada trabajo. Explorar sus límites y forzar sus posibilidades. Cada uno tiene su propia historia, sus mentores e influencias, creo que se trata de ser fiel a esto y a las convicciones personales. Y ser duramente autocrítico. La ilustración es un trabajo solitario, estamos solos con nosotros mismos y en casos así la autoindulgencia resulta fatal.
Y vuelvo a insistir con el tema del estilo, lo hago porque me consta que es una auténtica preocupación en muchos ilustradores, sobre todo entre los jóvenes. Es natural que las épocas impongan su impronta en nuestro trabajo, pero esta en particular que nos ha tocado vivir tan fragmentada y homogénea al tiempo, da como para que cada cual busque aquí y allá entre miles de propuestas en las que buscar estímulo para cada trabajo. En lo personal nunca me preocupó la originalidad, es más, creo que eso ya no existe... Fue una moda que nos ocupó durante poco más de un siglo. Ya está todo hecho. ¿El 3D es impresionante? Vayan y vean la Capilla Sixtina...
Para los que nos dedicamos a la ilustración infantil las referencias más importantes las vamos a encontrar en las cosas que nos impresionaron cuando nosotros mismos éramos lectores infantiles. Es en nuestra propia historia personal donde vamos a encontrar el mejor material para nuestro trabajo. Y en nuestra capacidad de autocrítica donde hallaremos la mejor guía.
Quiero cerrar esta charla con una visión ligeramente optimista (sin exagerar, claro) sobre nuestro trabajo.
Creo que estamos viviendo un momento de revalorización de la ilustración editorial en general y de la dirigida al público infantil y juvenil en particular. Difícilmente se repitan hoy, al menos en las editoriales serias, anécdotas como la referida más arriba, al menos no en su forma más burda. Algo ha ocurrido en el camino. Seguramente varias cosas: la profusión de festivales y muestras, la existencia de ese compendio instantáneo de todo lo que se produce que es la internet, acaso también una mayor educación visual en el público lector, y seguramente muchos factores más. Lo cierto es que hay más posibilidades hoy para la experimentación que hace no muchos años. Enhorabuena.
Por último, algo que siempre trato de tener presente: cuando ilustremos para niños o jóvenes no lo hagamos pensando en que nuestro trabajo va a ser juzgado por niños o jóvenes abstractos, no pensemos en un "público" como entidad sin identidad, pensemos que dibujamos para nosotros mismos cuando éramos niños o jóvenes. Pensemos en lo que nos gustaba y emocionaba o excitaba la fantasía. Por ese camino es más difícil equivocarse...
Y sí, claro que es importante la ilustración. Pero sólo cuando resulta estimulante para la imaginación de lector.
Daniel Rabanal
Buenos Aires, octubre de 2011




Publicado en "Miradas al Sur", enero de 2011













































